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Cuando hablamos de mutaciones, en sentido general nos referimos a cambios, a transformaciones.   En el diccionario de la Real Academia Española encontramos varias acepciones para este término: 1.-Acción o efecto de mudarse; 2.- cada una de las diversas perspectivas que se forman en el teatro variando el telón y los bastidores para cambiar la escena en que se supone la representación; 3.- alteración producida en la estructura o en el número de genes o de los cromosomas de un organismo transmisible por herencia; 4.- fenotipo producido por éstas alteraciones; cambio fonético en que se produce un salto, sin las etapas intermedias.

Hablar de mutación subjetiva del encuentro, desde el psicoanálisis implica un cambio desde la urgencia subjetiva del Otro (de la familia, del colegio, de la pareja, de lugar de trabajo, etc.) a la clínica del  sujeto comprometido con su síntoma y con su realidad elevada al significante; lo que puede ser entendido como la realidad psíquica que tramitada por la palabra, como efecto del encuentro de un sujeto con un analista, le permitirá ubicarse en otra posición en relación a su síntoma, ese síntoma que no pide hablar, que no quiere hablar, que no piensa que hablar haga bien.   Un síntoma del cual no se quiere saber porque no se le supone a nadie un saber sobre el mismo y sabemos que si no hay suposición de saber la noción de inconsciente se pone en jaque.

Recordemos que el inconsciente no existe como un órgano más del cuerpo humano (el hígado, el estómago, el cerebro, el corazón), el inconsciente se supone, se crea como artificio en el análisis, a partir de la suposición de que  lo que a uno le pasa quiere decir algo. El inconsciente es esa suposición de saber, es la suposición de sentido que se le agrega al síntoma, que en sí mismo, no tiene sentido.

La mutación subjetiva del encuentro, entonces, habría que ubicarla en el plano de la transferencia, y la transferencia no es otra cosa que el amor de transferencia. Sólo bajo transferencia se puede pasar de la queja, del síntoma que molesta, que mortifica, a la mutación subjetiva, es decir a la consideración, a la inclusión de la responsabilidad subjetiva en todo lo que acontece en la vida de un sujeto.

Concluyo mi planteamiento diciendo que la mutación subjetiva del encuentro podría entenderse como cambios, transformaciones propias al sujeto, particulares, singulares; que vienen dadas, en el mejor de los casos con el descubrimiento de su propio inconsciente. Descubrimiento que implica la pregunta por lo que le sucede, lo que hizo que terminara sentado en frente de un analista. Descubrimiento  que viene acompañado de la posibilidad de preguntarse por su vida, su dolor, su sufrimiento y la responsabilidad que en todo esto le corresponde.

La mutación subjetiva del encuentro toca, muerde, lastima, estremece, hace temblar  la continuidad, la repetición, lo siempre lo mismo y permite que ese sujeto que lleva toda la vida resignado al “me tocó esto en mi vida”, “así será y así seguirá siendo”, “es mi destino”, “es mi karma”, ”soy así”, “así fueron conmigo” se encuentre con la posibilidad de hacerse cargo de su existencia y responsabilizarse de su participación en la misma.

La mutación subjetiva a la que me refiero, es un cambio, una transformación subjetiva, que abre la puerta que conduce  a la posibilidad de creación que representa el propio   inconsciente y separarse del determinismo propio de las sociedades modernas, para pasar a su determinación inconsciente, a su determinación significante.

Aliana Santana